EN TIERRA DE NADIE, por Yaiza Arbelo

Era mi primera vez en un Campo de Refugiados. Mi primera vez en El Líbano. Mi primera vez en un país de Oriente Medio.

Nada más aterrizar en su capital, ya se observa en el aeropuerto el puro contraste del que goza este país. Beirut está plagada de diversidad. Con una pincelada de aroma francés, multitud de idiomas, religiones y razas se entremezclan en sus calles, dotando a la ciudad de una apertura que no imaginaba ver en un país con mayoría musulmana.

Paseando por la ciudad, te enredan los miles de cables de la red eléctrica que, casi por arte de magia, se suspenden en el aire trepando por cada esquina. Heridas de bombas y metrallas en algunas fachadas, junto con edificios enteramente abandonados, recuerdan la guerra civil que desangró el país entre 1975 y 1990, mientras que cientos de grúas decoran el cielo de Beirut dando paso a modernas construcciones propias de Dubai.

Sorprende el caótico tráfico. Bocinas incesantes, que parecen atender a un lenguaje propio de los conductores locales, se fusionan pacíficamente con la sosegada y amplificada llamada al rezo, creando una curiosa banda sonora que atrapa a todo aquel que no esté acostumbrado a escucharla.

Cientos de garitas con serios soldados vigilantes, y algunos bloques de cementos coronados por alambre de espinas, intimidan recordando que, pese a ser un país aparentemente seguro, no deja de ser cauteloso.

El centro rezuma vida las 24 horas del día. Beirut no duerme. Una enorme oferta gastronómica, multitud de pubs y comercios invitan a consumir productos típicos adaptados por los diferentes países de su entorno, y a dejarte envolver por un intenso sabor a especias y olor a shisha.

Y, mientras sigue la rutina como la que tendría cualquier ciudad, unos niños sucios y descalzos con enormes sonrisas tristes que tratan de venderte flores, te recuerdan que, a pocos kilómetros, Siria se derrumba.

Mi primera visita fue a Aaramoun. Allí la ONG tiene un concepto diferente a un campo, lo llaman un “compound”. Un aislado bloque de pisos alquilado por URDA, acoge enteramente a refugiadas viudas.

Nos recibió una horda de niños alborotados y curiosos por nuestra presencia, mientras madres y abuelas aguardaban impacientes por mostrarnos su refugio. Me quedé prendada por una tímida niña de rizos que observaba intensamente todo a su alrededor. Más tarde, apareció peinada con dos coletas y con un alegre vestido, el cual parecía que, de repente, hubiera transformado su timidez, ya que no dudó en enredarse a mis piernas con un fuerte abrazo que me hizo temblar de emoción. Los gestos y miradas de aquellos niños reflejaban una tristeza que algunos no dudaban en mostrar y que otros encubrieron con canciones, risas y carreras a nuestro alrededor, asegurándose en todo momento que captaban nuestra atención, como esperando que nuestra presencia les fuera a devolver a su vida anterior, antes de convertirse en personas refugiadas.

Visitamos una de las casas, con cocina, baño y una estancia llena de colchonetas, y atentos escuchamos algunas de las historias que aquellas mujeres quisieron compartir gratuitamente con unos extraños como nosotros.

Una enorme placa dorada con símbolos negros, revela un taller de costura, donde un grupo de viudas, punzada a punzada, intenta hilvanar sus recuerdos en silencio, y un inmaculado y recargado vestido de novia que luce un anodino maniquí se alza orgulloso inspirando los sueños de muchas de las jóvenes que ya no podrán llevarlo.

Sobrecogida, sin poder quitarme de la cabeza ni las duras historias escuchadas, ni a “mi niña”, abandonamos en silencio Aaramoun.

En los días siguientes visitamos el campo de AL INMAA, en Akar, y el de Al Awada,en el Bikaa. Son campos atípicos, formales. En contraste con los miles de asentamientos informales de tiendas de lona que se levantan caóticamente por todo el país, aquí cientos de casetas (especies de caravanas o “contenedores-casa”) con cocina y baño propios, se extienden ordenadamente formando paralelas calles infinitas.

En ambos, que están a plena capacidad, hay escuelas donde profesores sirios imparten clase a alumnos hasta 12 años. A partir de esta edad, los trasladan en autobús a escuelas libanesas en horario de tarde, ya que las mañanas las clases las ocupan la población libanesa.

Al Awada cuenta, además, con un ambulatorio, donde cientos de personas refugiadas disponen de atención primaria.

Dentro de estas mini ciudades, abastecidas con luz y agua, encontramos panadería y tienda de ultramarinos. Al atravesar la panadería, e invadida por el intenso olor a “pita”, un pequeño grupo de mujeres sirias te invita a adentrarte, mostrando alegres sus manos y cara embadurnadas de harina.

La llamada al rezo suena de repente, y algún regazado dobla la esquina, corriendo hacia el pequeño espacio convertido en improvisada mezquita.

Recorriendo cualquiera de sus calles observas cientos de vidas rotas por el camino.

Algunos esconden su rostro, quizás por timidez, quizás por vergüenza. Unos pocos, decididos a mantener su dignidad, te sonríen. Otras te invitan con gestos histriónicos a probar algún escueto guiso en su caseta, a cambio, probablemente, de algún mísero dólar. Agradeces que, gracias a ONG´s como ésta, tengan techo, educación y abastecimiento básico. Te preguntas qué será de todas esas personas que están atrapadas en tierra de nadie. Y el futuro incierto de “mi niña” resuena en mi mente.

Quisieras poder hablar su idioma para sentarte a su lado durante horas a escuchar. Aunque te das cuenta que no es necesario. La mirada es el espejo del alma, y eso, en cualquier lugar del mundo, incluso en éste, no se puede ocultar.

 

 

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